EL LENGUAJE SIMBOLICO
 
En un Instructivo del Aprendiz de nuestra Liturgia se nos pregunta:

"Pues, ¿no es la beneficencia mutua nuestro objeto?" 

Y debemos responder:

"Seríamos ridículos si sólo para eso nos rodeáramos de símbolos y misterios". 

Y se nos pregunta luego: 

"¿Cuál es entonces nuestro secreto?"  

Y debemos decir:  

"Es inviolable por su naturaleza y se conserva hoy tan puro como cuando se encontraba en los Templos de la India, la Samotracia, del Egipto y de la Grecia. El que no estudia cada uno de nuestros tres grados, no comprende bien sus símbolos y explica su oculto significado, podrá vanagloriarse con los títulos pomposos de Maestro, hacer señas más o menos extravagantes y pronunciar palabras judio-bárbaro-helénicas; pero no será nada ni sabrá nada que ignore cualquiera de mediana educación".  

Es decir, en otras palabras, que ese Instructivo nos hace ver claramente, desde el inicio mismo, que una de nuestras principales obligaciones como masones, quizá la más importante, es la de dedicarnos al estudio, la comprensión y la explicación del oculto significado de los símbolos que nos rodean, heredados desde la más remota Antigüedad. Que nuestra Institución encierra un secreto oculto detrás de esos símbolos, secreto que debemos llegar a conocer mediante el aprendizaje del idioma sagrado: el lenguaje simbólico.  

Si observamos cuidadosamente lo que nos rodea, nos daremos cuenta de que todo lo que se manifiesta en el Universo es simbólico. La posición de las estrellas, la jerarquía y movimiento de los planetas, el sol y la luna, el día y la noche; la tierra, sus estaciones, los elementos que la componen, las variadas formas y cualidades de las piedras, los minerales y las plantas, así como el comportamiento y las funciones de las aves, los peces y todos los animales que la habitan, son símbolos diseñados por el Gran Arquitecto. También los colores, los sabores, los sonidos y, por supuesto, el hombre, que creado a imagen y semejanza de la creación entera, y del Creador mismo, es símbolo del Universo, de la misma manera que el Universo entero puede ser visualizado como un hombre grande, símbolo a su vez de un ser invisible que en él se expresa.  

Si, por otra parte, observamos las manifestaciones culturales, nos daremos cuenta de que todas ellas son también simbólicas: los números y las letras, son símbolos de energías que se encuentran detrás de ellos; el arte en todas sus manifestaciones, cuyos orígenes son sagrados, es siempre expresión simbólica de ideas sutiles inspiradas al artista por las musas; y también los idiomas, pues cada palabra o conjunto de palabras son símbolos de alguna idea que ellas expresan. Además, para el hombre antiguo, tanto la agricultura como la artesanía y hasta el comercio y la guerra, así como la construcción de ciudades, templos, habitaciones, carruajes y naves, incluyendo también cada uno de los utensilios que usa para la realización de los oficios; todos los juegos que practica y, en fin, todo lo creado por Dios y por el hombre, es símbolo viviente de una realidad que lo trasciende. También los antiguos sabían que las verdades más altas llegan a nosotros a través de los símbolos y que los hombres podemos utilizarlos como vehículos de conocimiento, que si conducimos adecuadamente nos llevarán precisamente a la comprensión de esas verdades. Todos estos órdenes de la existencia son armónicos, y se dice que esta armonía, a la que nuestro símbolos masónicos nos habrán de llevar, es asimismo un símbolo de la unidad divina de la cual todos estos órdenes provienen, y a la que toda la creación finalmente retorna.  

El hombre, desde su origen mismo, ha vivido en función de los símbolos que lo rodean. Pero a partir de la entronización del racionalismo durante esta época que algunos autores tradicionales llaman del "oscurecimiento creciente", el hombre occidental pareció olvidarlos casi por completo, y se abocó de lleno al desarrollo, la especialización y la multiplicación de las ciencias empíricas y técnicas, llevado por una ilusión de progreso indefinido, cuyas últimas consecuencias han sido la tremenda crisis que vive el mundo moderno.  

Aunque la ciencia empírica y la psicología no es la materia que nos compete, resulta sin embargo interesante observar que aun esta ciencia moderna ha establecido con asombro que el hombre actual, en el estado ordinario de conciencia, escasamente utiliza, cuando mucho, un diez por ciento de sus potencialidades mentales y emotivas; y lo que es aun más asombroso, recientes investigaciones psicológicas han logrado demostrar que la educación moderna que en general todos hemos recibido, utilizando únicamente métodos racionales, analíticos y discursivos, no sólo no despierta aquellas potencialidades dormidas sino que, por el contrario, atrofia ciertas partes de nuestro cerebro que son precisamente aquellas que se activan cuando el hombre se pone en contacto con energías superiores, cuando se conecta con las musas que inspiran al artista o cuando comprende el lenguaje de los símbolos. Esas investigaciones psicológicas han llegado hasta a demostrar "empíricamente" que ciertas funciones del cerebro que se encuentran activas en los niños, se van atrofiando a medida que el niño va creciendo rodeado de los prejuicios y condicionamientos que le impone la educación oficial que hoy se imparte; y que únicamente se conservan estas facultades despiertas, en alguna medida, en aquéllos que mantienen contacto con el arte y con el símbolo.  

También los psicólogos se han ocupado de observar, pretendiendo descubrir algo nuevo, que los mitos, los sueños y las leyendas afectan de modo sensible al psiquismo humano y que ciertos símbolos se repiten de tal manera en las experiencias de sus 'pacientes', que este hecho sólo puede ser explicable si se considera que éstos se encuentran en lo que ellos llaman el inconsciente o subconsciente colectivo, y que otros autores llaman con más propiedad la 'memoria colectiva' de la especie humana.  

Hoy día, a nadie cabe duda de que los símbolos ejercen en el hombre un gran poder transformador. Basta observar, por ejemplo, la influencia determinante que ejercen en el hombre moderno los medios publicitarios y la propaganda, que operan fundamentalmente a través de sistemas simbólicos, para darnos cuenta de que el ser humano posee una naturaleza tal que es sensible a los símbolos; que éstos pueden actuar sobre nosotros y afectar de modo determinante nuestra conducta.  

Es por eso que hoy día están resucitando ideas antiguas, y el hombre pensante de estos tiempos, abrumado y desilusionado por la evidente decadencia de la sociedad moderna materialista, está volviendo los ojos al pasado haciendo renacer disciplinas y corrientes de pensamiento de la antigüedad, íntimamente asociadas a la simbología.  

Para adentrarnos en el lenguaje simbólico, en primer lugar es necesario distinguir dos clases de símbolos, que corresponden de manera precisa a dos aspectos de la realidad y a dos maneras de encarar la vida: lo sagrado y lo profano.

Los símbolos sagrados, según nos dicen expresamente aquéllos que nos los han heredado, han sido revelados al hombre; su explicación oculta fue transmitida por tradición (de boca a oído) a través de los siglos, y se dice que sus orígenes "se pierden en la noche de los tiempos"; los símbolos profanos, como los utilizados por la propaganda comercial y política, han sido por el contrario inventados por el hombre moderno; antiguamente no se conocían y modernamente se han generado y reproducido, convirtiéndose en un instrumento más que contribuye al adormecimiento de las gentes. Aquellos son manifestaciones de ideas-fuerza que ellos mismos sintetizan y concretan imprimiéndose en el interior de la conciencia de los que se abren a ellos; éstos influyen más bien en el psiquismo y no en la conciencia, evocando ideas e intenciones de un orden inferior.  

Los símbolos sagrados son exactos y su contenido se encuentra expresado de una manera precisa en las distintas formas que adquieren; los profanos en cambio no tienen ningún contenido claro ni preciso y muchas veces son engañosos, pues exteriormente manifiestan cosas que interiormente no contienen. Nosotros nos manejamos únicamente con los primeros, pero no podemos dejar de observar los segundos, pues debemos aprender a distinguirlos claramente y también porque estos últimos nos ayudarán a desentrañar los signos de los tiempos que nos ha tocado vivir.  

Por otra parte, es necesario distinguir en los símbolos dos aspectos opuestos y complementarios que también corresponden a dos maneras de encarar la realidad: lo exotérico y lo esotérico. El primero se refiere a lo externo, a la forma que el símbolo toma para expresarse sensiblemente; a su manifestación visible. El aspecto esotérico indica más bien lo interno; el contenido oculto en el símbolo mismo; la idea-fuerza o la energía inmanifestada e invisible que detrás del símbolo se encuentra. En el símbolo sagrado, el aspecto exotérico no es de ninguna manera arbitrario ni casual, por el contrario, obedece a ciertas leyes exactas y precisas, y es por esto que decimos que ambos aspectos se complementan: porque la manifestación externa del símbolo es la que trae al orden sensible aquello que pertenece a un orden superior a lo cual podremos llegar si logramos atravesar o traspasar el mero aspecto formal. Lo esotérico, pues, es anterior y por lo tanto jerárquicamente más alto que lo exotérico, y es a ello a lo que el lenguaje simbólico, bien entendido, nos debe conducir; pero el aspecto externo es también necesario para que el símbolo se exprese a nuestro orden sensible, velando su contenido a quienes no tienen ojos para ver lo interno de las cosas, pero más bien desvelándolo o revelándolo a los que sí están capacitados para ver.  

De esta manera, lo exotérico puede variar, como de hecho varía, al expresarse en los diferentes órdenes de la existencia o en las distintas culturas; pero lo esotérico se mantiene invariable, de la misma forma en que una idea puede ser expresada en varios idiomas sin que su contenido se altere.  

Si observamos los símbolos exclusivamente desde el punto de vista exotérico, encontraremos variadísimas formas de expresión simbólica en las distintas manifestaciones del universo y en los diversos pueblos; podremos, como lo hace la ciencia moderna, 'archivarlos' y exponerlos en museos y enciclopedias y hasta llegar a ser 'eruditos' conocedores de los mismos, pero no podremos llegar a su verdadero conocimiento y comprensión. Si, por el contrario, los abordamos desde el punto de vista esotérico, más bien nos daremos cuenta de la identidad de todas las culturas verdaderas; podremos observar cómo símbolos y sistemas simbólicos en apariencia muy diferentes pueden ser sin embargo idénticos en su contenido; y cómo la síntesis que se obtiene mediante las adecuadas relaciones entre los distintos órdenes de la existencia y entre los variados sistemas simbólicos de todos los pueblos, es lo que nos conduce a una verdadera comprensión y conocimiento de las energías secretas que detrás de los símbolos se ocultan.  

Sin embargo, es necesario hacer la observación de que lo esotérico nada tiene que ver con el mal llamado 'ocultismo', ni mucho menos con las prácticas relacionadas con la hechicería y la superstición, como algunos modernos podrían estar tentados a creer, sino que por el contrario nos conduce más bien a lo más profundo de los misterios de la creación, ocultos en el interior de nuestra propia conciencia.  

Debemos saber, de todas maneras, que modernamente han proliferado en el mundo corrientes de pensamiento que se hacen llamar esotéricas, provenientes de escuelas pseudo-iniciáticas, creadoras de falsos maestros y falsos profetas que no son otra cosa que simples profanadores de nuestros símbolos. Muchas veces con fines meramente comerciales, otras con el objeto de adquirir determinados "poderes" y algunas hasta con 'buena intención', han hecho aparecer cantidad de enseñanzas, literatura y hasta corrientes políticas que utilizan nuestros símbolos con otros fines, contribuyendo más bien a aumentar la confusión ya reinante. Con frecuencia es fácil distinguirlos, cuando son obras de meros charlatanes o fanáticos; pero debemos de cuidarnos en particular de aquellas falsificaciones que adquieren características de seriedad y hasta de cierta profundidad, muchas de las cuales ya han logrado incluso entrar en algunas de las logias.  

Nuestra institución hace derivar sus orígenes de los centros iniciáticos de la antigüedad a través de los cuales se transmitió el lenguaje simbólico hasta nuestros días. A la masonería le ha correspondido durante los últimos siglos, la delicadísima función de ser, en Occidente, el guardián de estos símbolos y transmitir su profundo significado. Nuestra obligación, pues, es la de resguardar los símbolos y rescatar su sentido originario y primitivo, no con el objeto de aumentar simplemente nuestra erudición, sino más bien para aplicar este conocimiento a la vida.  

El lenguaje simbólico tiene el poder de actuar en la vida cotidiana, y se dice que quienes se acercan a él de la manera adecuada podrán observar dentro de sí mismos la profunda acción transformadora ejercida por la energía que se encuentra detrás de nuestros símbolos tradicionales.

 
Nota 
Este trabajo fue publicado en Símbolo, Rito, Iniciación. La Cosmogonía Masónica, de Siete Maestros Masones. Ed. Obelisco, Barcelona 1992.
 
 
EL TALLER. Revista de Estudios Masónicos